Guía de la Ermita de Santa María
de Chalamera, Huesca
Introducción
La
llamada "Ermita de Santa María de Chalamera"
tiene poco de ermita, salvo por su situación en las afueras
de la población de Chalamera, en plena naturaleza.
Decimos esto porque se trata de una
muy notable y voluminosa iglesia románica de finales
del siglo XII o comienzos del XIII, siendo una de las joyas
del tardorrománico aragonés.
La impresión que se siente
al visitar la ermita de Santa María de Chalamera es indescriptible.
Es obvio que las líneas arquitectónicas de la
iglesia son de un especial equilibrio. Ello hace que su contemplación
provoque gran sensación de armonía, especialmente
desde que el edificio fue restaurado a comienzos de siglo.

Pero hay más. Su ubicación,
en un altiplano estepario que domina las riberas de los ríos
Cinca y Segre y desde el que se divisan grandes extensiones
de terreno y su soledad, alejada de otras edificaciones, hacen
que el espectador sienta que se encuentra en un lugar especial,
donde la obra humana y la de la Naturaleza, se conjugan de forma
perfecta.
Santa María de Chalamera es,
pues, uno de esos lugares que hipnotizan al viajero y que cuesta
abandonar para reemprender la ruta.

Historia
Tan emblemático y misterioso
edificio no podía tener un pasado preciso y bien conocido.
Al contrario, las hipótesis sobre su fundación
e historia son muy controvertidas.
Algunos estudiosos creen que la iglesia
románica actual del siglo XII se construyó sobre
las ruinas de un primitivo cenobio de época visigoda.
Su primera constancia documental fidedigna
se remonta al año 1089, fecha en el que el rey Sancho
Ramírez cedió la iglesia al obispo de Roda de
Isábena, donación que posteriormente propiciaría
el establecimiento de una comunidad benedictina, efectiva tras
la toma de la vecina ciudad de Fraga en 1149.
Por tanto Santa María de Chalamera
sería un priorato perteneciente al monasterio
de Santa María de Alaón.
No obstante hay numerosos autores
que creen más probable la pertenencia de esta iglesia
al Temple. No es una posibilidad descartable, pues al contemplar
este formidable templo, su monumentalidad arquitectónica
y sobriedad decorativa percibimos una clara impronta cisterciense,
estética elegida por las órdenes militares para
sus edificios religiosos.
En 1976 la ermita de Chalamera fue
declarada Monumento Nacional.
Arquitectura
El edificio, ejecutado mediante un
aparejo de sillería regular cuidadosamente labrado que
exhibe abundantes marcas de cantería, obedece a una rigurosa
planta de cruz latina de una sola nave, transepto y cabecera
de tres ábsides, aunque los laterales no se acusan al
exterior.
Exterior
El ábside principal es semicilíndrico
y dispone de tres buenos ventanales. Cada uno tiene una aspillera
rodeada por una moldura abocelada, dos arquivoltas planas y
una pareja de columnas, cuyos capiteles muestran elementos vegetales
y geométricos. El resto del tambor es liso. No dispone
de columnas entregas ni cenefas horizontales.

Los espacios donde se hallan los dos
ábsides laterales se manifiestan al exterior como simples
muros lisos con sendas aspilleras de iluminación.
Los hastiales de los brazos del transepto
también tienen un ventanal con columnas y arquivoltas.
Sin embargo los muros laterales son completamente lisos, salvo
por algunos mechinales, marcas de cantero y la fila de canecillos.

El cimborrio es fiel reflejo de la
severidad monumentalidad que caracteriza a toda la ermita. Se
aprecian perfectamente sus ocho caras lisas y cerradas, salvo
la del lado nordeste donde se abrió con posterioridad
un gran vano adintelado.
La puerta principal se abre en la
fachada occidental. Es de extraordinaria monumentalidad, formada
por siete arquivoltas de medio punto muy abocinadas y amplias
que apoyan sobre seis pares de columnas (perdido uno de los
fustes).

Los capiteles tienen sencillos relieves
de animales (cuadrúpedos y aves), un combate entre un
infante con escudo y lanza contra lo que parece un gallo gigante;
una lucha entre caballeros, personajes con las manos en jarras
y otro personaje (se ha identificado con Cristo) que muestra
las palmas de las manos abiertas, flanqueado por una pareja
de rostros. Todo es de factura sencilla y esquemática
lo que confiere un nuevo rasgo misterioso a lo representado.
La fachada se completa con una ventana
superior que replica a menor escala la estructura abocinada
de la portada principal con capiteles de las mismas manos y
que muestra aves frontales y cabezas humanas. Encima hay una
sobria espadaña con dos troneras.
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A media altura de la fachada meridional
queda una línea de canecillos -ahora sin función-
que induce a pensar en la antigua existencia de un claustro
monástico anexo, hoy totalmente desaparecido.
Asimismo, en este sector meridional
se abre un sobrio acceso secundario coronado por un dintel monolítico
y un tímpano decorado con un disco avenerado esquemático,
de obvia simbología solar.

Los canecillos de
toda la iglesia son de perfil anacelado.
Interior
El espacio interior del templo se
caracteriza por una acusada austeridad y una imponente monumentalidad,
fuertemente acentuada por la inusual circunstancia de que el
pavimento está conformado por la propia roca madre del
terreno, escasamente desbastada por los constructores medievales.

Para acceder a la nave desde la puerta
occidental es preciso descender una breve escalinata. Esta nave
tiene tres tramos y se cubre con bóveda de medio cañón
apuntado sobre arcos fajones que caen sobre pilastras adosadas
a los muros. Estas paredes laterales cuentan con arcos ciegos.
El ábside central es de planta
semicircular y como marcan los cánones románicos,
se cierra superiormente con una bóveda de cuarto de esfera.

Su hemiciclo se anima por las tres
ventanas que vimos al exterior y que también están
finamente articuladas por arquivoltas y columnas, siendo las
partes más "coquetas" del edificio.

Además desde el punto de vista
escultórico e iconográfico, los capiteles interiores
de la cabecera son de gran interés pues muestran un guerrero
combatiendo contra una arpía, un cuadrumano rodeado de
tallos regurgitados por mascarones, una sirena pez de doble
cola, y un hombre sujetando dos animales de anatomía
difusa.

A sus flancos, abriéndose directamente
a los brazos del crucero, se disponen dos ábsides laterales
de dimensiones más reducidas que, a diferencia del central,
quedan completamente embebidos en el espesor del muro oriental.
La ermita de Santa María de
Chalamera también tiene un transepto cuyos brazos se
cubren con bóveda de medio cañón y en el
crucero un cimborrio octogonal rematado en cúpula semiesférica
que se yergue sobre cuatro monumentales trompas.

Del inventario de bienes muebles de
la ermita de Chalamera destaca la presencia de un valioso conjunto
de sepulcros pétreos ubicados en los absidiolos laterales.
Estos enterramientos, algunos provistos de pesadas cubiertas
a doble vertiente con una parca ornamentación incisa
de carácter geométrico, han suscitado profundas
discrepancias cronológicas entre los especialistas, oscilando
sus dataciones académicas entre la tardoantigüedad
paleocristiana, el periodo visigodo y la etapa plenamente medieval.

Bajo la mesa del altar mayor, realzado
arquitectónicamente, reposa un enigmático tímpano
pétreo decorado frontalmente con relieves de felinos
enfrentados, cuyo origen material también resulta incierto.
