La ermita de San Román de Moroso se
sitúa en la aldea de Bostronizo, perteneciente al municipio
cántabro de Arenas de Iguña, una pequeña
localidad del valle del Iguña. La ermita se sitúa
en un paraje recóndito regado por las aguas del Besaya,
a unos tres kilómetros del pueblo, y rodeada de bosques
con árboles centenarios.

No
se conoce la fecha de construcción de la ermita, aunque
todo parece indicar que debió realizarse en torno al siglo
X. Es probable que existiese un edificio previo, que pudo fundarse
entre los siglos VIII y IX, en el contexto de la repoblación
de esta zona por población mozárabe. El primer documento
en el que se menciona a San Román de Moroso es muy posterior,
data de 1119. Ese año la reina doña Urraca I de
León (1109-1126) entregó la ermita al monasterio
benedictino de Santo Domingo de Silos. Desde entonces la abadía
burgalesa estableció aquí un priorato que administraba
una considerable cantidad de bienes terrenales, y que se mantuvo
hasta el siglo XIV. El hecho de que el documento se refiera a
San Román de Moroso como un monasterio indica la presencia
de una comunidad monástica. La vinculación con Silos,
que en este momento era uno de los centros espirituales más
importantes de la Península Ibérica, señala
la consideración que llegó a alcanzar.
La ermita es un edificio de pequeñas dimensiones,
construida con sillería de buena labra en las esquinas
y sillarejo en los muros. Tiene una única nave, que remata
en un ábside de menores dimensiones de planta cuadrangular,
orientado hacia el este. La nave se cubre con un tejado a dos
aguas.

En el muro norte se encuentra el único acceso
al interior, formado por un arco de herradura que se apoya en
dos jambas. El vano originalmente se enmarcaba por dos columnas
que han desaparecido, y dos capiteles estriados que todavía
se conservan. La ubicación de la portada resulta anómala.
Es posible que estuviese condicionada por otros edificios, o por
la necesidad de comunicar la iglesia con el cementerio que se
extiende en esta parte. También puede deberse a la orografía,
pues en el costado sur y a los pies del edificio el terreno es
más escarpado.

En la cabecera se levanta una espadaña con
dos vanos de medio punto para acoger a las campanas, que han desaparecido,
y que fue añadida en época moderna. En el centro
del ábside hay una pequeña pieza monolítica,
con una cruz patada que acoge en su interior un arco de herradura
con un vano rectangular.

En el muro sur se abren otras dos ventanas saeteras,
de pequeñas dimensiones enmarcadas por dos jambas.

Los elementos decorativos más interesantes
se encuentran en los modillones que sostienen el alero del tejado
en los lienzos meridional y septentrional, en donde puede verse
un amplio repertorio de flores de cuatro, seis y ocho pétalos,
y motivos geométricos.

El interior resulta oscuro, debido al pequeño
tamaño de las ventanas que filtran la luz exterior. La
nave se cubre con una armadura de madera, mientras que el ábside
lo hace con una bóveda de cañón. Ninguna
de estas dos cubiertas es la original, pues se tiene constancia
que a finales del siglo XIX el edificio carecía de ellas,
habiéndose derrumbado también uno de los muros del
ábside, seguramente debido al peso de la espadaña.
Vicente Lampérez y Romea indica que antes de la Guerra
Civil el ábside tenía en el interior forma de herradura,
aunque esta hipótesis ha sido cuestionada por otros autores
posteriores. El paso de la nave al ábside se realiza mediante
un arco triunfal de herradura con cimacios escalonados que, al
igual que la portada, ha perdido sus columnas y los capiteles
sobre los que se apoyaba.
En el interior de la nave puede verse el fuste de
una columna que pudo pertenecer a la portada de acceso o al arco
del triunfo. También se expone un capitel decorado con
arcos de herradura invertidos que acogen en su interior palmetas,
que fue localizado en unas excavaciones realizadas en el exterior
de la ermita, y que podría pertenecer al arco del triunfo.
La arquitecta Vanesa García Alcocer ha vinculado
la ermita de San Román de Moroso con otras ermitas de repoblación
situadas en el interior de la cornisa cantábrica, como
Santa Leocadia en Helguera (Reocín, Cantabria), Nuestra
Señora de los Remedios en Arcera (Valdeprado del Río,
Cantabria), Dondevilla en Aldea de Ebro (Valdeprado del Río,
Cantabria), Santa María en Canduela (Aguilar de Campoo,
Palencia), y la de las Santas Céntola y Elena en Valdelateja
(Burgos). Todas ellas comparten unos rasgos comunes, como los
ábsides cuadrangulares con un tamaño ligeramente
más pequeño al de la nave, muros que alternan la
sillería con el sillarejo, arcos de herradura y ventanas
saeteras.

En el terreno que se sitúa al norte, junto
a la portada de acceso, hay una pequeña necrópolis.
En las excavaciones arqueológicas se han localizado una
veintena de tumbas de lajas y sarcófagos de época
altomedieval, que han sido cubiertas con tierra para preservarlas
del vandalismo. En este cementerio se localizó un pequeño
fragmento de un jarro de bronce, que estaría destinado
a un uso litúrgico, y que se encuentra en el Museo de Arqueología
y Prehistoria de Cantabria, en Santander.
(Autor del texto
del artículo/colaborador de ARTEGUIAS:
Víctor López Lorente)
