Iglesia
de San Esteban de Sograndio
Introducción
Apenas a una decena de kilómetros
al oeste de la ciudad de Oviedo, la iglesia de San Esteban de
Sograndio es una de las parroquias rurales en las que queda
subdividido el concejo ovetense, ubicándose el templo sobre
un airoso promontorio al borde de la carretera N-634 desde el que,
además de sobre el propio caserío al que presta servicio,
se aprecia una buena panorámica de la urbe capitalina y del
mítico Monte Naranco.

Declarada Bien de Interés Cultural en febrero
de 1993, la iglesia de San Esteban de Sograndio es una de las construcciones
románicas más interesantes y mejor conservadas del
principado de Asturias, si bien es cierto que su -quizás-
excesiva restauración a la manera típicamente asturiana
de revocar sus muros exteriores a base de capas de encalado, puede
hacerla pasar desapercibida.

Citado el hábitat de Sograndio desde la temprana
fecha de 1147 allá por tiempos del rey Alfonso VII, consta
que en 1161 fueron cedidos sus terrenos a la mitra ovetense por
parte de Doña Urraca, momento en el cual, según la
mayoría de hipótesis, se iniciaría la construcción
de la iglesia, que sin embargo, no aparece documentada de una manera
contrastada en las fuentes escritas hasta finales del siglo XIII.

Tras la Guerra Civil el templo quedaría bastante
maltrecho como consecuencia de un incendio, siendo recuperado y
restaurado según planos de Luis Menéndez Pidal.

La iglesia responde al modelo prototípico del
románico rural asturiano, constando de una sola nave rectangular
cubierta con una techumbre de madera a dos aguas, y un ábside
semicircular precedido de un tramo recto presbiterial con bóveda
de cañón.

En
fechas mucho más modernas le serían añadidos
una sacristía y un pórtico auxiliar al costado sur,
así como una espadaña de remate triangular y dos huecos
de campana sobre el imafronte.
Exterior
Desde el punto de vista románico, los elementos
más destacables al exterior son su portada occidental y el
ábside, conservándose igualmente a lo largo de sus
cornisas norte y sur una buena colección de canecillos.

La portada se presenta en un cuerpo en resalte o arimez
bajo un saliente tejaroz sostenido por diez canecillos entre los
que, además de las típicas fórmulas geométricas
y los rollos, son identificables algunos mascarones y cabecitas
humanas.

Consta de tres arquivoltas de medio punto decoradas
mediante una doble línea de zigzag la rosca externa, y a
base de elegantes florones tetrapétalos la intermedia; quedando
el conjunto perfilado por un guardapolvo ajedrezado que se proyecta
hasta los cimacios y la línea de imposta.

Descansan las arquivoltas sobre dos columnas cilíndricas
a cada lado culminadas por sencillos capiteles vegetales todos iguales
entre sí y que han sido puestos en relación con monumentos
románicos asturianos tan señeros como San Pedro de
Villanueva, la iglesia piloñesa de Villamayor y la propia
Cámara Santa de la seo ovetense.

El ábside semicircular, elevado sobre un basamento
animado mediante una banda de dientes de sierra, se divide en dos
cuerpos en altura definidos por una moldura lisa, mientras que queda
articulado en tres paños separados por semicolumnas adosadas
rematadas en sencillos capiteles ya a la altura de las cornisas.

En el paño absidial central, justo en el mismo
eje de simetría se abre la única ventana cabecera,
confeccionada mediante una saetera trasdosada por un arco de medio
punto sobre columnas cilíndricas y capiteles vegetales de
idéntica factura a los de la portada occidental.

Interior
Al interior, también muy remozado, llama la
atención por encima de cualquier otro elemento su arco triunfal
de ingreso al presbiterio, de medio punto doblado y trasdosado por
una chambrana de puntas de diamante.

Es en estos capiteles del arco triunfal donde el maestro
escultor se sale de la tónica general de decoración
geométrica y vegetal imperante en el templo para presentar
presenta dos interesantes escenas figuradas:

En el capitel derecho encontramos una representación
de la despedida del caballero, tema popular inspirado en el amor
cortés en el que una elegante dama a las puertas de un castillo
despide con un explícito beso al caballero que parte montado
en su cabalgadura.

Al lado opuesto se representa el tema de la Crucifixión
de Cristo acompañada de la Virgen María, San Juan
y, en segundo plano, un grupo de personajes cuyos gestos parecen
querer mostrar cierta aflicción y que de nuevo tienden a
emparentarse con la escultura de la Cámara Santa.

(Autor del texto del
artículo/colaborador de ARTEGUIAS:
José Manuel Tomé)
