Guía del Monasterio de San Pedro de Siresa,
Huesca
Introducción
El
Monasterio (Canónica) de San Pedro de Siresa es uno de
los monumentos más singulares y enigmáticos del
patrimonio medieval español.
Ubicado en el Pirineo aragonés, este
imponente edificio trasciende su función religiosa para
erigirse como un testimonio fundamental de los orígenes
del Reino de Aragón, de las primeras repoblaciones cristianas
en la cordillera y de las corrientes arquitectónicas que
conectaron la Península Ibérica con el Imperio Carolingio.

Podemos decir de él que a pesar de los numerosos
especialistas que lo han estudiado son muchas las dudas que todavía
arroja, en cuanto a sus fases constructivas.
Lo primero que llama la atención es encontrarnos
un edificio de dimensiones catedralicias (notables su medidas
de largo y ancho y sobresaliente su altura) en un pueblecito serrano,
donde lo normal sería encontrarnos con las habituales y
encantadoras iglesitas o ermitas del románico rural.

Declarado Monumento Histórico-Artístico
en 1931, el templo que hoy contemplamos es el único vestigio
en pie de un antiguo y poderoso complejo monástico (mejor
sería denominarlo canonical), que llegó a ser uno
de los focos culturales más importantes de la Alta Edad
Media hispana.
El monasterio se asienta en la pequeña
localidad de Siresa, perteneciente al municipio del Valle de Hecho,
en la comarca altoaragonesa de la Jacetania, provincia de Huesca.
Situado a 822 metros de altitud, el entorno geográfico
está profundamente marcado por la agreste topografía
de los Pirineos y por el curso del río Aragón Subordán,
que vertebra el valle.

La elección de este recóndito
paraje para la fundación de una canónica no respondía
únicamente a la búsqueda del aislamiento ascético
propio de las comunidades religiosas, sino a un cálculo
de profundo calado estratégico. Siresa se edificó
junto al trazado de la antigua vía romana (una ramificación
de la vía Tolosana) que conectaba la Península Ibérica
con el Bearne francés a través del puerto de Palo.
Durante los siglos VIII y IX, este paso fronterizo era vital para
la comunicación y el tránsito de tropas, comerciantes
y peregrinos entre el mundo franco y los nacientes núcleos
de resistencia cristiana frente al dominio de Al-Ándalus.
El control de este valle aseguraba, por tanto, una vía
de entrada segura desde la Europa carolingia.
A diferencia de la mayoría de los monasterios
aragoneses, que alcanzaron su cénit en el románico
pleno del siglo XI y XII, los orígenes de San Pedro de
Siresa se hunden en una etapa anterior, en pleno siglo IX.
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La primera constancia documental de su existencia
se remonta al año 833, fecha en la que fue promovido e
impulsado una comunidad de canónigos (sacerdotes, no monjes)
que se regían por la regla de San Crodegando, por el conde
Galindo Garcés. Desde su nacimiento. Esta canónica
estuvo estrechamente vinculada a las esferas de poder del incipiente
condado de Aragón y evidenció una profunda influencia
del Imperio Carolingio, del cual Aragón era, en ese momento,
una marca defensiva (la Marca Hispánica).
El esplendor intelectual del monasterio en
la Alta Edad Media quedó atestiguado de forma incontestable
por San Eulogio de Córdoba. En el año 848, este
clérigo mozárabe emprendió un viaje por los
monasterios pirenaicos y dejó constancia escrita de su
asombro al visitar Siresa.
En sus crónicas relata el hallazgo de
una biblioteca de proporciones y riqueza inauditas para la época,
que no sólo custodiaba textos sagrados y tratados teológicos
como La Ciudad de Dios de San Agustín, sino también
obras de la antigüedad clásica pagana de autores como
Virgilio, Horacio y Juvenal. Este hecho demuestra que Siresa era
un faro cultural de primer orden, conectado con las corrientes
del Renacimiento Carolingio.

En el siglo XI, hacia el año 1077, la
canónica adoptó la Regla de San Agustín,
transformándose en una comunidad bajo el amparo de los
monarcas aragoneses. Es en este periodo cuando la historia de
Siresa se cruza con la biografía de uno de los monarcas
más importantes de la historia peninsular: Alfonso I el
Batallador. Según la tradición y las crónicas
(el propio rey escribiría años más tarde
referenciando el lugar como ubi fui nutritus), el infante
fue educado entre los pesados muros de este monasterio bajo la
estricta tutela de su tía, la condesa Sancha, y su hermano,
el rey Ramiro II.

El declive de la institución comenzó
a gestarse paradójicamente con la consolidación
del Reino de Aragón. A medida que la ciudad de Jaca ganaba
peso político, convirtiéndose en capital y sede
episcopal, Siresa fue perdiendo su independencia. Tras diversos
litigios jurisdiccionales, el monasterio terminó subordinado
al obispado de Huesca-Jaca, lo que supuso la lenta decadencia
de su poder y la progresiva desaparición de sus dependencias
anexas, salvándose únicamente la iglesia abacial.

Posibles
Fases Constructivas: el laberinto tradicional
Del Monasterio de San
Pedro de Siresa sólo se conserva la iglesia. Como ya dijimos,
son muchas las especulaciones sobre las fases constructivas de
tan peculiar edificio. En 1991 unas excavaciones realizadas en
el subsuelo hallaron muros de una gran iglesia de tres naves y
cabecera recta que se piensa pudiera pertenecer a un templo visigodo
anterior, o más probablemente a la fundación del
siglo IX. Desgraciadamente, tales restos arqueológicos
fueron enterrados de nuevo.
Se ha especulado con que
luego se edificaría un edificio verdaderamente carolingio
de tres naves del que quedaría la parte más occidental
del templo actual, como el túnel abovedado que sirve de
acceso a la puerta y sobre el que hay una tribuna a la moda carolingia.
Según esta teoría, los arcos cegados de la nave
y que se aprecian perfectamente al exterior serían los
arcos formeros de este templo carolingio de tres naves. En el
siglo XIII y siguiendo esta teoría, las naves laterales
se suprimirían por su mal estado de conservación.
Ya en tiempos románicos
(siglos XII-XIII) se harían reformas en este templo, como
la cabecera. Es posible que la desnudez de la obra carolingia
se rematara en un románico también ascético
y sobrio, propio de tiempos donde se impone la estética
cisterciense. Ello explicaría la aparente uniformidad de
toda la obra.
También durante
el Renacimiento se abordarían nuevas obras
En resumen, si aceptamos
estas fases constructivas, el templo actual de San Pedro es un
refrito de épocas y estilos y, sin embargo, y especialmente
en el interior, el aspecto es de una perfección y armonía
arquitectónica sin parangón. A ello no es ajena
la sencillez de elementos geométricos empleados, como las
verticales de esquinas, pilastras y pilares y el semicírculo
de los arcos y bóvedas.
La razón por la
que la datación de este edificio es tan controvertida es
básicamente por la confusión y falta de datos que
existe sobre la arquitectura prerrománica europea y en
concreto la carolingia, puesto que, desgraciadamente, nos han
llegado muy pocas y muy transformadas obras de esta época.
Hipótesis
actual
A pesar de la confusión
de fechas y estilos, y según un estudio moderno de Javier
Martínez de Aguirre (Universidad Complutense de Madrid),
Esther Lozano López (Universidad Rovira i Virgilt) y Diana
Lucía Gómez-Chacón (Universidad Complutense
de Madrid), estas confusas y a veces alambicadas hipótesis
de fases secuenciales de innumerables constricciones y reconstrucciones,
sería simplemente erróneas.
La versión más
probable es que los cimientos descubiertos en 1991 pertenecieran
a la iglesia carolingia del siglo IX. Se trataba de un gran templo
que tendría de anchura la de la actual iglesia románica,
pero dividida en tres naves.

Según los citados
tres autores, el edificio actual, que es claramente románico,
se levantaría tras varias donaciones y privilegios del
ya citado monarca Alfonso el Batallador a comienzos del siglo
XII. Los titubeos que se aprecian en algunas zonas de la iglesia
-que sin embargo no logran acabar con la armonía y homogeneidad
general- serían fruto de un maestro de obras que tuvo que
edificar un enorme monumento para el que probablemente no estaría
preparado plenamente.
Lo que si se puede asegurar,
es que, al menos, en su mayor parte, la iglesia del que fuera
monasterio (canónica) de San Pedro de Siresa es un templo
básicamente románico.
Arquitectura
Desde el punto de vista arquitectónico,
San Pedro de Siresa es una auténtica joya, cuyo grueso
de la fábrica correspondería a finales del siglo
XI o, más probablemente, a comienzos del XII.
Lo primero que sobrecoge al visitante al aproximarse
a Siresa son sus dimensiones colosales. A diferencia de las pequeñas
y oscuras iglesias del primer románico pirenaico (como
las iglesias lombardas y las del Serrablo), San Pedro de Siresa
presenta unas proporciones y una volumetría que recuerdan
más a una catedral, concebida para albergar a una nutrida
comunidad de canónigos y fieles.

La planta de la iglesia dibuja una cruz latina
inmensa, compuesta por una única nave de tres tramos cubierta
por una enorme bóveda de medio cañón, un
transepto acusado en planta y alzado, y una cabecera rematada
por un único y profundísimo ábside semicircular/poligonal.
Esta profundidad absidal es un rasgo muy poco común en
el románico hispano y probablemente responde a la necesidad
de acomodar la sillería del extenso coro de canónigos.
El tramo del crucero tuvo cúpula semiesférica
pero tras un incendio fue sustituida y rehecho en dos ocasiones.
La actual es de medio cañón.
Exterior
Exteriormente, el templo es un manifiesto de
sobriedad. Carece casi por completo de la escultura monumental
y figurativa que caracteriza al románico pleno del Camino
de Santiago (cuyo máximo exponente cercano es la Catedral
de Jaca). Sólo encontramos algunos canecillos con cabezas
de animales en el ábside y el crismón de la puerta
oeste.

Los enormes paramentos de piedra sillar se
articulan rítmicamente mediante contrafuertes macizos,
arcos ciegos y bandas. Esta ausencia de decoración escultórica
confiere al edificio un aspecto de fortaleza inexpugnable, donde
la estética recae exclusivamente en el juego de volúmenes
y proporciones geométricas.

El citado ábside tiene la particularidad de
que arranca con planta semicircular y grandes contrafuertes. Pero
a media altura, por un posible cese de las obras y posterior reinicio,
el ábside circular se convierte en poligonal. Además,
los anchos contrafuertes pasan a ser mucho más débiles
en esta segunda zona superior con la particularidad de que adoptan
sección triangular.

A los pies de la nave, el edificio reserva
otra sorpresa arquitectónica: un macizo occidental o pórtico
ciego sobre el que se eleva una tribuna.

Esta estructura es una derivación directa
de los westwerk (cuerpos occidentales) típicos de la arquitectura
imperial carolingia y otoniana, un elemento destinado originalmente
a alojar a las autoridades civiles o reales durante los oficios
litúrgicos, lo que subraya la importancia regia de Siresa.
En el exterior de esta fachada se abre la portada principal, formada
por arquivoltas lisas de medio punto y coronada por un tímpano
que exhibe un crismón trinitario, emblema escultórico
por excelencia de la monarquía y la iglesia aragonesa.

Interior
En el interior, la sensación de espacialidad
y dimensiones ciclópeas se acentúa. La altura y
anchura de la nave sobrecogen. Sin duda, esta iglesia de San Pedro
de Siresa tiene una de las naves abovedadas con medio cañón
más ancha del románico español.

Esta bóveda de medio cañón tiene
arcos fajones doblados que se apoyan en las responsiones de los
muros laterales.

Estas responsiones no llevan columnas entregas. De
hecho, en toda la iglesia no hay ninguna columna. Tanto los soportes
de las bóvedas como las puertas y los ventanales emplean
estructuras en arista. Ello colabora en la sensación de
austera grandiosidad.

Fruto de un derrumbe, el cuerpo occidental está
muy rehecho en la baja Edad Media como se aprecia en los arcos
laterales apuntados y en restauraciones modernas.
Sin embargo es muy probable que este westwerk, cuyo
piso se apoya en las bóvedas de medio cañón
escalonados de la puerta occidental y del cuerpo retranqueado
posterior, existiese en una disposición similar. A su vez
este cuerpo occidental de la iglesia del siglo XI-XII imitaría
el de la iglesia carolingia del siglo IX. Esta tribuna alta de
las iglesias carolingias y otonianas se construían para
albergar a la familia imperial durante la celebración de
los ritos religiosos sin necesidad de compartir el espacio con
el resto de los feligreses. Este modelo de westwerk, mucho más
humilde pero de función análoga, lo tenemos en varias
de las iglesias del Prerrománico Asturiano también
construidas durante el siglo XI d.C.

Obras de arte mueble
Aunque la arquitectura de San Pedro de Siresa
destaca por su severa y monumental desnudez pétrea, el
interior del templo custodia un valiosísimo patrimonio
mueble que enriquece significativamente su valor histórico
y artístico.

El Cristo de Siresa
El hallazgo más extraordinario de la
historia reciente del monasterio se produjo el 6 de julio de 1995.
Durante unas labores de restauración y limpieza sistemática
en la zona de la cabecera, apareció enterrada bajo la mesa
del altar mayor y sepultada entre escombros una talla de madera
que hoy se conoce como el Cristo de Siresa.

Se dice que esta magnífica escultura
románica de cuatro clavos en madera de nogal policromada
data del siglo XIII, aunque a nosotros nos parece algo anterior.
Su postura -con el tronco pronunciadamente flexionado hacia adelante,
uno de los brazos descolgado y las piernas encogidas- indica que
no se trata de un Cristo crucificado convencional, sino de una
pieza que formaba parte de un grupo escultórico del Descendimiento
de la Cruz.

La talla presenta el rostro de Cristo ya fallecido,
con los ojos cerrados y una profunda serenidad, destacando una
curiosidad anatómica que llama poderosamente la atención
de los historiadores del arte: el escultor talló el ombligo
formando una perfecta espiral.
Virgen de Siresa
Acompañando a esta joya, el templo alberga
otra notable talla de madera del siglo XIII, la Virgen de Siresa,
que representa a María en Majestad (como Sedes Sapientiae
o Trono de la Sabiduría) sosteniendo al Niño Jesús,
manteniendo el hieratismo y la frontalidad característicos
del arte románico tardío.
Conjunto de retablos góticos
Igualmente, la austeridad de los muros interiores
se ve compensada por una colección de retablos de pintura
sobre tabla que abarcan desde el estilo gótico al renacentista
(siglos XV y XVI).

Entre ellos destacan piezas de una notable
riqueza cromática dedicadas a San Juan Evangelista, la
Santísima Trinidad, San Esteban y el Apóstol Santiago,
ofreciendo un muestrario excelente de la evolución de la
pintura gótica aragonesa en los valles pirenaicos.

Sorprendentemente, el altar mayor no está
presidido por una obra medieval, sino por una monumental talla
escultórica en piedra policromada de estilo barroco, datada
en 1604 y firmada por Juan de Bescós. La escultura representa
a San Pedro sedente, revestido de pontifical con la tiara papal
y portando las llaves del Reino de los Cielos. Esta pieza fue
trasladada a Siresa tras ser desmontada del antiguo retablo de
la Catedral de Jaca, evidenciando las complejas transferencias
de patrimonio entre las sedes religiosas de la región a
lo largo de los siglos.
Finalmente, a los pies del templo y cobijadas
bajo la penumbra de la pesada tribuna, se conservan dos pilas
bautismales talladas en piedra de jaspe. Si bien la documentación
medieval es parca en este aspecto, la arraigada tradición
local sostiene que en la más grande de estas pilas recibió
las aguas bautismales el propio Alfonso I el Batallador.

Cierta o no, esta leyenda apuntala el aura
de Siresa como cuna espiritual y política de Aragón,
cerrando el círculo de un monasterio donde la geografía,
la piedra y la historia se funden en una sola identidad.
Como nota final, hay que decir que la tradición
fija en esta iglesia el descubrimiento del Santo Grial en una
hornacina del ábside, el mismo que hoy conserva en la Catedral
en Valencia.