La penetración musulmana en la Francia merovingia, mucho
más allá de la Septimania, demuestra que
los conquistadores islámicos pretendían expandirse
de manera ilimitada sobre Europa. Si bien Carlos Martel
logró inflingirles una severa derrota en Poitiers
(732), las incursiones sobre territorio franco siguieron sucediéndose:
De hecho, dos años después de Poitiers, Yusuf ben
Abd-el-Rahman, gobernador de Narbona, iniciaría una campaña
depredadora a lo largo del Ródano.

Inicialmente, la resistencia
será protagonizada, a un lado y al otro de los Pirineos,
por caudillos locales: De hecho, el encuentro de Poitiers, responde
a la llamada de auxilio realizada por Eudes, duque de Aquitania
el cual, tras derrotar al valí al-Sham en Toulouse (721),
asistirá impotente diez años después al saqueo
de Burdeos y su entorno por parte del sucesor del musulmán,
al-Gafiqí, viéndose el aquitano obligado a pedir
ayuda al abuelo de Carlomagno.
En
752, será un noble godo, Ausemondo, el que se subleve contra
el poder musulmán, apoderándose de importantes enclaves
de la antigua Septimania visigoda, como Nîmes, Agde o Beziérs,
llegando a expulsar a los musulmanes de la misma Narbona (759).
Consciente como Eudes, de la dificultad de mantener dicha situación,
Ausemondo se dirigirá a Pipino.
Sea como fuere, lo cierto
es que era preciso asegurar las fronteras meridionales del reino
franco, estableciendo poderes organizados, claramente definidos
y sólidamente asentados: Quizás fuera este proyecto
el que animó a Carlomagno a acudir a la llamada
del gobernador de Zaragoza, Suleyman ban Yaqzan ben al-Arabí
que, tras recibir a un agente abbasida cuyo objetivo era, quizás,
acabar con los omeyas refugiados en al-Andalus, pidió ayuda
al monarca franco para frenar la reacción que contra él
preparaban los omeyas desde Córdoba.

El acuerdo incluía
el vasallaje de la Cesaraugusta romana a cambio de protección,
lo que para Carlomagno implicaba establecer un sólido enclave
defensivo en el valle del Ebro, con el que asegurar la frontera
pirenaica - como demuestra la posterior destrucción de
las murallas de Pamplona, entre cuyas secuelas se encuentra el
tan célebre como discutido episodio de Roldán en
Roncesvalles (778) -.
A pesar del descalabro
germano-galo, poco tiempo después asistimos a la constitución
de diversos condados, como el de Gerona (785), Ampurias (788),
Ausona o Barcelona (810). A raíz de la toma de ésta
última, los principados constituidos desde el Ródano
hasta el Ebro, quedarían bajo la jurisdicción del
duque de Tolosa, si bien, en 817 - año en el que se procede
a efectuar la Ordenatio Imperii - la Septimania y la Marca quedarán
desgajadas del reino de Aquitania, asignado Pipino I - hijo de
Luis el Piadoso -, para pasar a formar parte del principado asignado
inicialmente a Lotario en Italia, constituyendo ambos territorios
después el marquesado de Gotia, cuyo primer titular será
precisamente el conde Bera
Precisamente la Ordenatio
Imperii pude ser reflejo de las tensiones y juego de fuerzas a
nivel regional, si bien, la propia debilidad que para la institución
monárquica suponen los enfrentamientos entre Luis y sus
hijos, contribuirá a estimular a los poderes locales, ya
para exigir privilegios, ya para desvincularse de la autoridad
regia. El progresivo debilitamiento de la misma, la incapacidad
de los monarcas francos para proteger a sus vasallos - entre 860
y 861 los musulmanes devastan Barcelona, mientras que, a continuación,
los normandos saquean el Rosellón y destruyen Ampurias
y años más tarde Almanzor se pasea por la Marca
sin que los carolingios pudieran impedirlo - y la institucionalización,
en virtud de la Capitular de Quiercy, de la hereditariedad de
los principados, con la consiguiente consolidación de la
posición de los magnates locales, acabarán por desligar
a los poderes de la Marca del Imperio.
De hecho, Carlos, el simple,
concederá a Wifredo II, el derecho de acuñar moneda,
mientras que, a partir de 950, los eclesiásticos de la
Marca dejarán de acudir a los monarcas francos para recibir
privilegios e inmunidades, para dirigirse directamente a Roma.
Sin embargo, el desligamiento
de los poderes que constituyen la Marca de la monarquía
franca, no se basa tanto en una pugna entre francos centralistas
/ hispano-godos localistas, como en ese progresivo debilitamiento
de la autoridad regia que es aprovechado por esos poderes para
obtener privilegios, inmunidades o cargos: El caso del conde Bera,
ha sido presentado como un ejemplo del progresivo desplazamiento
de la aristocracia hispano-goda vinculada a los intereses locales,
en favor de una aristocracia de origen franco que representaría
el centralismo político: Así, acusado de traición
en 820, el conde Bera sería destituido de su cargo, sustituyéndole
el franco Rampón, que era conde de Gerona desde 818. Que
en 826, Aizón, Willemundo y otros hispano-godos se sublevaran,
llegando a controlar la zona de Vich y la Cerdaña, y pidiendo
incluso ayuda al emir de Córdoba, serviría para
avalar esta tesis. También, esta tesis basada en la pugna
centralistas-localistas, podría verse avalada por la actitud
que adoptan los magnates locales ante la resolución tomada
en la Dieta de Worms (839), respecto a la adjudicación
a Carlos, el Calvo - hijo de Ludovico y su segunda esposa Judith,
vinculado a los intereses bávaros y sajones - de la Aquitania,
incluyendo la Marca Hispánica, en detrimento de
Pipino II.
Ciertamente,
la cultura e incluso el derecho visigodo estaba fuertemente arraigado
en el área septimano-catalana, pero las oscilaciones del
marqués Bernardo, respecto al emperador Ludovico y sus
hijos, o el hecho de que Carlos, para ganarse aliados en la zona,
pusiera al frente de Gotia (Septimania y la Marca), al que fuera
conde de Urgel, Sunifredo, un godo, nos muestran que esta pugna
centralismo franco vs. localismo hispano-godo, ha de ser, al menos
matizada.
De hecho, se ha considerado
a Sunifredo, hijo del conde Borrell de Ausona, padre de Wilfredo
el velloso, el cual, suscitando una virulenta rebelión
contra el marqués Salomón, designado por Carlos,
el Calvo, mantendrá después una prudente actitud
respecto al reconocimiento de los sucesores de Carlos, inclinándose
finalmente por el nuevo linaje que representa Eudes, hijo de Roberto
el Fuerte, quizás por considerarlo, no tanto un poder lejano
y soportable, como un poder eficaz frente a musulmanes y normandos
que sometían a pillaje al imperio.
Que la dignidad imperial
pasara finalmente a las dinastías sajonas, habría
determinado el definitivo desligamiento de los poderes de la Marca
Hispánica y su inserción en nuevos espacios políticos,
dirigiendo así más la mirada hacia los Pirineos
y la Península Ibérica que hacia una decaída
Francia capeta.
(Autor
del texto del artículo/colaborador de ARTEGUIAS:
Jorge Martín Quintana)
